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En Pentecostés nace la Iglesia. Esta afirmación la hemos oído y repetido muchas veces. Como todas las verdades que se repiten mucho, corre el riesgo de que pierda todo su permanente frescor y novedad.

Muchos teólogos consideran que el don del Espíritu Santo coincide con la Resurrección de Jesús. De hecho, el evangelio que leemos este domingo es el de la primera aparición a los discípulos el día de Pascua. Pero creo que es de gran sabiduría pedagógica este tiempo de cincuenta días que la Iglesia se regala para rumiar el misterio pascual y prepararse a la celebración de la venida del Espíritu.



Al recibir al Espíritu Santo, los discípulos reciben de Jesús el envío formal a la misión, la misma que Jesús recibió del Padre. Serán desde ahora los portadores autorizados del misterio de la reconciliación y del perdón. El milagro de las lenguas que nos presenta el libro de los Hechos en la primera lectura de hoy es la representación dramática de la capacidad de “traducir” a toda cultura y a toda situación el hecho salvador de la vida, muerte y resurrección de Jesús.

La Iglesia es misión y es comunidad universal. Dos elementos claves de su más profunda identidad. Pentecostés es la negación de toda exclusión, de todo individualismo, de todo asilamiento sectario. Cuando decimos que en Pentecostés nace la Iglesia, es lo mismo que decir que nace una manera nueva de vivir la relación con el Padre de todas las personas y por consiguiente de vivir la fraternidad universal.

Pentecostés no es solamente negación de “la torre de Babel”, de la división entre las personas por no poder entendernos. Es principalmente afirmación y empoderamiento. Recomiendo de corazón a las personas que leen este espacio que lean también hoy la segunda lectura de la misa de este domingo. La primera carta de San Pablo a los Corintios (capítulo 12,3-7 y 12-13), nos recuerda que las diferencias de cualidades y dones en los seguidores de Jesús se alimenta del mismo Espíritu. Todos esos dones se nos regalan para el bien común. Son regalo del Padre que “obra todo en todos”.

Pentecostés afirma la unidad del cuerpo de Jesús al mismo tiempo que nos da poder para hacerla realidad. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.