corderos en medio de lobos

 

El envío de los setenta y dos discípulos es comparado por Jesús a lo que a primera vista aparece como una misión suicida. Nunca le ha ido bien a los corderos en sus excursiones entre los lobos. Está bien que la mies sea abundante, pero como bien dijo Jesús, “los obreros son pocos”. No hay ninguna necesidad de disminuir aún más la fuerza laboral del Reino.

Quizás para hacer un poco más sombrío el cuadro, Jesús instruye a sus enviados a aligerar la carga que llevan no sólo de armas defensivas sino hasta de los recursos mínimos que puedan apoyar la misión: dinero de reserva, alforja y sandalias de repuesto.

La instrucción va acompañada de un sentido de urgencia (“no se detengan a saludar a nadie por el camino”). Pero urgencia no es lo mismo que tensión ni atolondramiento: lo primero que deben transmitir, de palabra y de obra, es la paz.

Dice el refrán popular que “cuando uno no quiere, dos no pelean”. Saludar a una persona con la paz es hablarle al cordero que todos llevamos dentro. La dureza de la vida nos lleva a menudo a ponernos disfraz de lobo. Incluso ensayamos el arte de dar algunos mordiscos para que tenga más realismo la careta. La invitación a los discípulos es a renunciar a poner la confianza en las herramientas de los lobos. Inviten y anuncien, no ladren ni gruñan. Curen heridas, no fabriquen nuevas heridas a zarpazo limpio. Déjense acoger y querer por las personas a las que ustedes se acerquen.

Es refrescante constatar que este episodio, iniciado con una introducción tan sombría, tiene un final feliz. Los discípulos regresan contentos compartiendo con Jesús la satisfacción de constatar que hasta las fuerzas más oscuras del mal —los demonios— se les someten en el nombre de Jesús.

Jesús comparte esta alegría de los discípulos, reafirma el poder de estas armas “desarmadas” con las que los envió —las armas de la paz y del amor— y los reta a “ponerle brújula” a su alegría. No pongan el fundamento de su alegría en las victorias parciales sobre el espíritu del mal. Construyan su alegría sobre esta elección fundamental que ha hecho el Padre de inscribir sus nombres en el cielo.

   

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.