a traer paz

 

Casi siempre hemos pensado a Jesús como mensajero y
artífice de la paz. Por eso nos choca oírle decir que no ha
venido a traer paz, sino división. Estos “choques” son
saludables porque nos ayudan a superar simplificaciones
tramposas y “endulzadas” del misterio de Jesús.

La propuesta que hace Jesús de encender fuego a la tierra
—fuego que purifica quemando lo que se opone a la vida— no
puede ser recibida con aplauso universal. Será acogida por
unos y rechazada por otros. De ahí la división.

En realidad, no es división lo que trae Jesús. La división la ponemos nosotros al tomar partido a favor o en contra de su persona y su mensaje.

La paz que no trae Jesús es la paz a cualquier precio. Literalmente. La paz que estamos dispuestos a comprar haciendo o deshaciendo lo que sea. La renuncia o la acomodación de nuestros más sagrados valores para evitarnos conflictos y problemas. El cuidadoso alejamiento de todo lo que pueda sonar a radicalidad. “Quiero ser bueno, pero no fanático”, “todo extremismo es malo”, y  afirmaciones que pretenden establecer nuestra fama de personas equilibradas.

Cuando la vida se organiza a espaldas de Dios y del prójimo, cuando la convivencia humana se hace inhumana por el egoísmo, el abuso de las personas y sus derechos, el anuncio del Evangelio suena con estridencia. Cuestiona y “quita la paz” a los que destruyen la paz basada en la justicia y el amor.

La paz del reino de Dios pasa por los estrechos caminos de la dolorosa fidelidad a la vida amenazada. No me hace ningún favor el cirujano que le habla con dulzura condescendiente a mi tumor maligno en vez de enfrentarlo con valentía con el bisturí en la mano.

La división que produce la intervención de Jesús a favor de la vida trasciende las estrechas confrontaciones entre “ellos” (los malos) y “nosotros” (los buenos). Son más dolorosas las divisiones con los que están cerca. Es más fácil pelearse con los enemigos

tradicionales. Cuando el conflicto es con los de mi familia, mi grupo, mi iglesia, sentimos la división y el conflicto con mas profundidad y mayor desgarramiento.

La motivación de Jesús para prender fuego a la tierra viene de dentro, del inmenso y abrasador deseo de que Dios sea Padre y que la convivencia entre las personas sea Reino y no infierno. Ese fuego quema, pero no destruye. Después de la división, su calor puede fundirnos otra vez en la unidad auténtica.

  

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.