Jesus SSanta

La primera noticia que reciben los discípulos sobre la resurrección de Jesús no suena para nada a “buena noticia”. María reporta la desaparición de un cadáver y la falta de información sobre su paradero. El peso del dolor y la tristeza no deja ningún espacio a la esperanza. Al contrario. Parece que se hace más grande y más cruel la pérdida.

“Ahora ni siquiera tenemos el consuelo de poner flores junto a su sepulcro”.El capítulo 20 del evangelio de San Juan es una obra maestra de narración y de profundidad teológica.

Nos presenta de manera genial el proceso por el cual los diferentes personajes en el drama van llegando a la fe en la buena noticia de la Resurrección. La primera
parte del capítulo está dominada por el protagonismo de la primera testigo, María Magdalena. Desde su grito inicial de pánico (“Se han llevado al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”) hasta su gozoso “!Maestro!” al escuchar su nombre, María va haciendo su peregrinación de fe. Es ayudada por una serie de señales que van iluminando una posibilidad no vislumbrada en el dolor y agonía del Viernes Santo y el Sábado de desesperanza. A María se le muestra el sepulcro vacío, el desconcierto de Pedro,la incipiente fe de Juan, las vendas y el sudario. Un poco después del texto que escuchamos en la misa de hoy, María recibe también el mensaje de los ángeles junto al sepulcro y la presencia —todavía no reconocida— del mismo Jesús.
 
En este día en el que la Iglesia nos invita a “alegrarnos intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo Nuestro Señor” (Ejercicios Espirituales de San Ignacio, no. 221), nos acercamos a María Magdalena, nuestra hermana en el camino de la fe. Le pedimos a Dios la gracia de hacer también nosotros el camino de la alegría
pascual con la ayuda de la multitud de señales y testigos que Dios pone en nuestro sendero.

Ante la dureza de la cruz que todavía nos toca llevar, pedimos la gracia de no quedarnos en la ignorancia de no saber dónde han puesto al Señor. Estamos rodeados
de dinamismos que quisieran poner a Jesús donde no está. Dejarlo en su sepulcro.
 
Encerrarlo en la intimidad de templos y corazones atemorizados. Querer sustituir al resucitado Señor de la historia por inofensivos Cristos de rito y sacristía. Nuestra fe nos dice donde ha puesto Dios a Jesús: en medio de nuestras luchas y nuestros desvelos por ser también testigos de su buena noticia.

 Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.