Navegar en la Tormenta

Jesús pide a sus discípulos ir a la otra orilla del lago: “Dejando a la multitud, se lo llevaron en barca como estaba”. Fue una decisión repentina para alejarse por un tiempo de la gente. No habían hecho preparativos. Jesús estaba tan agotado que se durmió en la barca nada más empezar el viaje.

Pronto se levantó un viento impetuoso, se agitó el mar, y amenazó la barca con hundirse. Los discípulos increpan a Jesús: ¿No te importa que nos hundamos? Jesús se levanta y manda al viento. Todo se calma. El mar es una criatura, sometida al Creador, y Jesús puede darle órdenes. Su palabra es creadora de vida como la de Dios al comienzo de la creación.

Los discípulos tienen fe; por eso despiertan a Jesús, aterrados por el miedo, para que haga algo. Pero Jesús les dice que son cobardes porque aún no tienen una fe madura. Tienen poca fe, porque han dejado que el miedo los llene de terror, los desespere. Ante el mar en calma, los discípulos se preguntan quién es Jesús. Su admiración es el espacio para seguir profundizando en el misterio de esa vida que se les va revelando poco a poco.

Se ha visto en esta imagen de la barca, que lleva la comunidad con Jesús, una imagen de la Iglesia. Con frecuencia se han levantado contra ella todo tipo de tempestades, de persecuciones. Los cristianos han sido martirizados para diversión y manipulación de los pueblos en los circos del mundo con una crueldad extrema. En otras ocasiones, los seguidores de Jesús han sido torturados sin testigos, o han sido encerrados en centros de aislamiento, perdidos para las cuentas humanas. El Señor siempre ha estado en la barca con sus discípulos.

También la Iglesia cubana ha navegado en medio de las tormentas. Disminuidos sus agentes pastorales y sus instituciones, se sintió, de repente, despojada, reducida pequeños grupos de personas mayores que padecieron un acoso constante, visible o escondido. Sin embargo, ha aprendido a navegar en medio de olas fuertes y a no dejarse paralizar, porque el Señor viaja en nuestra misma barca. Desde la súplica a Jesús, guardando su palabra en el silencio, compartiéndola en los pequeños espacios o celebrándola en la comunidad con cantos festivos, guardamos la esperanza y abrimos, en el mar, con la creatividad despierta, los nuevos caminos del Espíritu.

 

 Escrito por: P. Benjamín González Buelta, S.J.

Tomado de: Vida Cristiana