Marcos 521 43

Una vez más, Jesús atraviesa el lago. De inmediato la gente se acerca y lo rodea. Entre ellos hay interesados en escucharlo, otros, en verlo, además de los que son llevados por los suyos con algún problema. Menos visibles, están los que se hallan in extremis, “en las últimas”. Así habla Jairo de su hija adolescente y así se siente la desconocida cuya vida se le escapa de sus entrañas. Quizás ambas andaban por doce años. La niña, con la edad en que Jesús fue llevado al templo; la mujer anónima, con esos años de sufrimiento y humillación.

Toda esperanza humana se ha alejado de ellas.Ni el dinero de la hemorroísa, ni la posición religiosa y social de Jairo, pueden darles la deseada salud. Solo queda el poco de esperanza que las pone en busca de Jesús. No faltan los que tratan de disuadir: “Tu hija ya ha muerto”, dicen a Jairo. “¿Para qué molestar al Maestro?” La mujer, descalificada para aparecer en público por su situación de ‘impureza’, pero con una fe que la hace decidirse a tocar la ropa del Maestro. Algo le asegura que el contacto con algo suyo será como tocar su misma santidad.

Jesús no renuncia al cara a cara con ellas. La mujer, ya identificada, termina confesando su situación y su atrevimiento. Jesús percibe su humildad y su sufrimiento y la confirma en la salud que ya ella experimenta. Y el saludo del Maestro a la adolescente exánime, la trae de vuelta a la vida: “Contigo, hablo, niña: levántate”. A través del diálogo de fe, de Salvador a salvadas, las dos salen de las últimas en que se hallaban para venir al primer plano de un amor que rescata, al cara a cara con quien puede y quiere darles vida.No hay magia ni rito impersonal, mucho menos espectáculo. El sufrimiento y el desamparo se apagan desde dentro, en el diálogo con Jesús, como lo vivirá igualmente un día un joven de Betania: “Lázaro, sal de tu tumba”. La presencia de Jesús, acogida en fe y oración, termina en fiesta, en una celebración de la vida.

Como discípulos, pidamos el don de acercar a los que sufren a ese diálogo con el Señor, capaz de sanarlo todo.

 


Tomado de: Vida Cristiana