Humilde
Toda institución humana necesita líderes. Toda asociación voluntaria necesita
maestros, guías inspiradores. Los ideales y principios inspiradores de los grupos se encarnan en modelos concretos.

Por consiguiente, el violento ataque que Jesús hace a las autoridades judías no tiene nada que ver con el hecho de que sean autoridad. El problema de Jesús es con la manera concreta en que los letrados y fariseos han entendido y ejercido su autoridad.

Jesús manda a sus seguidores a obedecer lo que digan las autoridades religiosas cuando comunican los mandatos de Dios. No desautoriza el mandato. Niega la pretensión de esas autoridades de que se les reconozca como “jefes” y “maestros”.


Ningún jefe tiene derecho a ser obedecido si no está dispuesto él mismo a someterse a la ley que presenta. Ningún jefe puede reclamar obediencia y seguimiento si no percibimos que él mismo carga con la carga que pretende poner sobre nuestros hombros.

Los jefes judíos disfrutan el protagonismo de los primeros puestos en banquetes y sinagogas. Si hubieran vivido en el tiempo de la televisión, hubieran copado los espacios preferenciales de los programas.

A sus seguidores, Jesús les dice: “No se dejen llamar maestros”. Ustedes tienen un solo maestro y todos ustedes son hermanos. Ese maestro puede enseñar porque su vida muestra lo mismo que él dice. No se dejen llamar “padre”. Padre es uno solo, el padre de todos en el cielo. No se dejen llamar “jefes”. Uno solo es el señor de ustedes, el señor que se hizo servidor. Él, primero y ultimo, Alfa y Omega, se ha puesto al servicio de todos.

Esta semana celebramos la fiesta de todos los santos y la fiesta de todos los fieles difuntos. Toda esta comunidad de seguidores reconoce en Jesús al humilde señor de la historia. Aparente contradicción: es difícil encontrar jefes y maestros humildes.

Precisamente por haberse humillado y asumido la condición de esclavo (Fil 2), Jesús ha sido ensalzado y enaltecido.

Permanente invitación a todas las personas que ocupan puestos de autoridad en la Iglesia y en la sociedad. Invitación a dar a su posición verdadera autoridad, la que viene de la coherencia entre la palabra y la vida.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.