Les Mando al Camino

Pertenece a la misma esencia de la Iglesia el ser “misionera”, es decir, “enviada”. La misión de la Iglesia es el encargo de Jesús de ir al mundo entero a invitar a todas las personas y a todas las naciones a entrar en el banquete del Reino de Dios. Gracias a Dios ha ido creciendo en la comunidad cristiana el impulso misionero. Cada vez aumenta el número de las personas que no se contentan con vivir su fe al interior de la comunidad
cristiana sino que sienten la llamada a salir de nuestros espacios a llevar la Buena Noticia de Jesús a todos sus ambientes.

Llevar la Buena Noticia es “evangelizar”. Hubo tiempos en la Iglesia cuando la tarea evangelizadora la creíamos reservada a los “misioneros oficiales”. En esa categoría incluíamos no solamente a los que iban a otras tierras, las tierras “de misión”, sino a los agentes pastorales más reconocidos: obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y
religiosas. Como regalo de Dios vemos con alegría a muchos “cristianos de a pie”, laicos y laicas, que van asumiendo responsabilidades cada vez mayores en la evangelización. Se han multiplicado en la Iglesia diferentes
acciones pastorales. Una “pastoral” no es más que la traducción del esfuerzo evangelizador a un área determinada de la vida. Así hablamos de pastoral familiar, pastoral juvenil, pastoral de salud, pastoral penitenciaria, pastoral vocacional, etc.

Junto con este esfuerzo misionero “hacia afuera”, tomamos conciencia en la Iglesia de la necesidad de ofrecer
formación específica a nuestros agentes de pastoral para su trabajo. Se han multiplicado los cursos de capacitación teológica, litúrgica, catequética. El énfasis muchas veces lo ponemos en los contenidos de doctrina que deben ser
transmitidos y en las destrezas de comunicación para hacer esa transmisión más efectiva. Podríamos llamarle a esta dimensión el “qué” de la evangelización.

En el domingo de hoy, Jesús, al enviar a sus discípulos a la misión, se fija más en el “cómo”. Y llama la atención la insistencia de Jesús en que sus misioneros no se llenen de cosas. “No lleven nada para el camino”. Este ir “ligeros de equipaje” creo que va más allá de la simple austeridad en cuanto a mochila, comida, bastón, etc. Pienso que es una invitación a despojarse de las seguridades del saber para entrar en la confianza absoluta en el Señor que los envía.

  Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.