NOSEAQUELOSENCUENTREDORMIDOS Hay muchas variedades de sueño. Al final de una jornada de trabajo y de atención a múltiples detalles, nos llega el cansancio y la necesidad de un sueño reparador. Este sueño es natural y sano.

Pero hay otras somnolencias que no son tan sanas. Es propio de estados depresivos el caer en el letargo y el sueño. Buscamos escapar de la carga insoportable de la tristeza, el desencanto, la desesperanza propia de la depresión.

No pensemos solamente en depresiones de marca psicológica. Este sueño debilitador no es exclusivo de la enfermedad mental. En nuestra vida de fe podemos sentirnos aplastados por la dureza del camino. Podemos dudar de la realidad de la
salvación. Nuestros ojos espirituales dejan de buscar salida en las propuestas y promesas de Dios. Podemos adormecernos con el canto de sirenas consumistas, podemos encerrarnos en
horizontes estrechos de salvaciones autofabricadas.

El tiempo de Adviento que comenzamos hoy es una llamada a pelear contra el sueño. Invitación permanente a toda la Iglesia a buscar, con ojos abiertos por la esperanza, los caminos que llevan a la verdadera felicidad.

La vigilancia del Adviento es una actitud de equilibrio. Nace de una necesidad sentida de redención y de una conciencia fuerte de impotencia.

La primera lectura de la misa de hoy recoge este clamor del pueblo desencantado: “Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado” (Isaías 64,5). Solo Dios puede sacarnos de nuestra invalidez.

Pero la salvación que viene dependerá también de nuestra respuesta. De ahí la necesidad de la vigilancia, actitud propia del servidor a quien su señor ha confiado la atención a su casa. A cada uno de sus siervos ha encomendado una tarea.

La esperanza del Adviento no nos exonera de buscar, con los ojos abiertos y el corazón despierto, la respuesta, pequeña, propia, precisa, a la venida del Señor. Como no sabemos cuándo es el momento de su llegada, cada momento se convierte en servicio esperanzado.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.