JuanBautistatestigo
Juan 1, 6-8.19-28

La tarea propia de este tiempo de Adviento es la de dar testimonio. En muchas
ocasiones de la vida social e institucional, se hace necesaria la presencia de testigos.

Esas personas apoyan con su palabra, con su “testimonio”, la verdad y validez de lo que se hace. En la celebración de matrimonios, en la concertación de pactos y acuerdos, en juicios de ley: en todos esos espacios buscamos testigos, personas confiables por su integridad y su honradez.

En el evangelio de hoy, a Juan Bautista se le reconoce como el “testigo de la luz”.

Las palabras y, sobre todo, la vida de Juan, son iluminadoras. Pero Juan no es la Luz. Su misión es preparar la llegada del que es la Luz con su testimonio y con la calidad de su vida.

¿Qué se necesita para ser testigo? En los juicios criminales, lo primero que se le pide a un testigo es que sea “presencial”. Tenemos que haber estado en el lugar de los hechos. Cualquier persona puede hablar de algo que pasó. Pero hay una diferencia enorme entre un reportero y un testigo. El primero recoge los datos que le
proporcionan los testigos y los comunica. El testigo tiene que haber hecho la experiencia para poder comunicarla, sin quitar ni poner.

¿Y para ser testigo de la luz? Obviamente, lo primero es estar permanentemente iluminados por la luz. No es suficiente estar en presencia de la luz. Hace falta abrirse a ella, dejarla entrar. San Juan lamentará en el prólogo de su Evangelio que la luz vino a los suyos y los suyos no la recibieron.

Esta apertura a la luz requiere, a su vez, dos actitudes radicales en nosotros: el amor a la verdad y una profunda humildad. Se acerca a la luz la persona que no le teme a la verdad. Es humilde la persona que se sabe recipiente de un gran regalo, la persona que se reconoce indigna de desatarle la correa de las sandalias a Aquel que es la Luz.

Cuando la fuerza y la belleza de nuestra palabra atraiga a las personas hacia nosotros, que podamos decir con Juan Bautista: No soy el Mesías, no soy el Profeta. No
soy más que una voz frágil que grita en el desierto.


Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.