navidadjesusLa liturgia nos ha acostumbrado a asociar algunas palabras de manera especial con otras. Por ejemplo: Dios y Palabra. Al final de la proclamación de las lecturas en la misa,el lector nos dice: “Palabra de Dios” o “Palabra del Señor” al final del Evangelio.

No se nos hace extraño juntar “palabra” con “vida”. Pedro reconocerá a Jesús como el que tiene palabras de vida. En la Creación, la Palabra de Dios llama los seres a la vida.

Tampoco nos cuesta trabajo asociar la Palabra con la Luz. Una palabra sabia ilumina nuestro caminar. El salmo 119 nos dice que “lámpara es tu palabra para mis pasos”.

La dificultad comienza cuando juntamos “palabra” con “carne”. Este es el escándalo del misterio de la Encarnación. Dios se había manifestado en el Antiguo Testamento de muchas maneras a su pueblo a través de signos y palabras. Que Dios se manifieste en la vida a través de gestos y símbolos y de acciones proféticas, pase.

Que Dios nos haga llegar su mensaje a través de las palabras de los profetas, con su permanente invitación a la conversión y al retorno a la Alianza, también es comprensible. No le quedó nunca la menor duda al pueblo de Israel que podían contar con la inquebrantable fidelidad de Dios, con su cercanía amorosa, a pesar de todas las transgresiones del pueblo al pacto hecho con Dios.

Lo que no era posible imaginar era que la impenetrable trascendencia de Dios se contaminara con el mundo de lo material, con el mundo de la carne. Esta nueva cercanía de Dios, este codearse Dios con nosotros en el lenguaje de la fiesta, del vino, de la comida compartida, no podía caber en la comprensión del pueblo de Israel. De hecho, tampoco iba a caber en la comprensión de muchos pueblos después del chocante evento de la Encarnación. Ningún otro aspecto de la religión cristiana ha dado origen a tantas herejías como el misterio del Dios hecho carne. O hemos tratado de negar la dimensión de la carne (Jesús no fue verdaderamente hombre) o hemos tratado de negar su divinidad.

La sorprendente buena noticia de la Navidad es que, de la Encarnación para acá, no hay rincón de la historia que esté cerrado a Dios. Nuestra carne es espacio de revelación. En estos días, podemos acercarnos con reverencia a este Niño, nacido por nosotros, nacido para nuestra salvación, y adorar en su carne al Dios de la Palabra, de la
Luz, de la Vida.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.