VI domingo tiempo ordinarioLa curación de enfermos ocupa un lugar de gran importancia en el ministerio de Jesús.

El leproso del evangelio de hoy se acerca a Jesús. Es difícil para nosotros captar todo lo que se encierra en ese verbo. Tendríamos que entrar en el mundo cultural y religioso de la época de Jesús. El tratamiento al leproso se nos presenta en
impresionante detalle en el libro del Levítico. Para el pasaje evangélico que nos interesa, les invito a que lean el capítulo 13, especialmente los versos 45 y 46. No solamente debe
el leproso alejarse de la gente, sino que estaba obligado a gritar su impureza para que nadie se acercara a él.

Aunque en otras ocasiones en los evangelios es Jesús el que viola el precepto de no acercarse a los leprosos, aquí es el leproso el que pasa por encima de la Ley. Es mucha su
necesidad. Mucha su soledad y aislamiento.

Capaz de leer en toda su profundidad lo que significa esta terrible forma de marginación Jesús siente lástima. Es tocado en su corazón por la situación extrema del leproso y más impactado aún por la sencilla y conmovedora confianza de su petición. "Si quieres, puedes limpiarme".

El "si quieres" no expresa necesariamente desconfianza ni duda sobre la voluntad sanadora de Jesús. Si el leproso se ha acercado a Jesús, desafiando las estrictas leyes del Levítico, lo ha hecho animado por todo lo que le han contado de este maestro itinerante que pasa "haciendo el bien". Lo mueve también la aguda conciencia de su necesidad y de su hambre de convivencia y cercanía. La expresión sugiere más bien el enorme respeto que siente el leproso hacia Jesús. Le deja entera libertad para que el Maestro haga con él lo que sea para su bien.

Este encuentro se convierte así como en parábola de nuestra propia situación.Podemos preguntarnos si tenemos la misma conciencia del leproso en cuanto a atrevemos a tocar nuestras necesidades más hondas. Si nuestro deseo de salud y de vida es suficientemente fuerte como para llevarnos a pasar por encima de la vergüenza de pedir. Si nuestra confianza en Jesús tiene la misma profundidad de la nuestro hermano, el leproso.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.