tentaciones para Jesus

Marcos 1, 12-15
El comienzo del ministerio de Jesús está marcado por la experiencia profunda del Bautismo en el Jordán y por su peregrinación al desierto para ser tentado por Satanás.

En estos dos eventos, destaca San Marcos el papel crucial del Espíritu de Dios. Jesús recibe e el Bautismo la fuerza del Espíritu que desciende sobre Él en forma de paloma mientras el
Padre lo llama su hijo preferido. El Espíritu “empuja” a Jesús al desierto.

En la escena de las tentaciones, nos fijamos muchas veces de manera predominante en la figura de Satanás, el tentador. Es bueno recordar que los tres evangelistas que nos narran las tentaciones insisten en el protagonismo del Espíritu como el que conduce a Jesús al desierto. Satanás puede aprovechar ese espacio, pero no es su iniciativa. El desierto es el espacio bíblico de la prueba y del encuentro pleno con el Dios liberador. Fue escuela de aprendizaje de fidelidad para el pueblo de Israel que tuvo que aprender a ser pueblo en el largo camino del desierto. No es solamente “soledad poblada de aullidos” sino lugar
privilegiado para la escucha dócil a Dios. El desierto es ausencia de apoyos y de comodidades, pero también espacio más libre de distracciones.

Jesús necesita ser llevado al desierto. Siente en lo más profundo de su ser la llamada de su Padre a una misión difícil. En medio de un pueblo abatido y desalentado, cansado de esperar y frustrado por tantas expectativas y mesianismos fallidos, Jesús se siente invitado por el Padre a proclamar que ha llegado la hora, que Dios ha acercado el Reino a nuestra historia por su bondadosa iniciativa. Esa cercanía pide conversión, cambio de mentalidad, esfuerzo para creer en la buena noticia.

Ese acercamiento se hace a una historia concreta de fuerzas en conflicto. Jesús es el ungido, el Mesías. Pero las esperanzas del pueblo de Israel con respecto al Mesías que vendrá están atravesadas por la ambigüedad y la posibilidad de confusión y engaños. La cercanía de Dios tiene que ser discernida. Los signos de los tiempos no son inequívocos. Muchos querrán imponerle a Jesús su propia imagen de lo que debe ser el Mesías enviado por Dios.

El desierto se convierte para Jesús en una necesidad imperiosa. Allí tiene también Él que escuchar la voz del Espíritu. Tiene que encontrar su propio camino, el del Padre, en medio de las voces y seducciones del Tentador y los tentadores. Al invitarnos a hacer el camino de la Cuaresma, la Iglesia nos propone también la docilidad al Espíritu que nos conduzca al desierto. Mayores espacios de reflexión, de oración, de escucha personal individual y comunitaria. Mayor capacidad de acogida a lo nuevo de la cercanía de Dios.


Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.