IVcuaresma

Juan 3,14-21


Terrible condenación la de esta frase.Preferir la tiniebla y negar la luz. Creer que las tinieblas pueden ocultar la maldad de nuestras acciones y de nuestros corazones. Querer repetir el gesto de Adán y Eva en el jardín: "Me escondí porque estaba desnudo". Me escondí porque mis obras eran malas y los velos queme cubrían se rasgaron dejando al descubierto mi desnudez y mi vacío.



Nos escondemos y nos refugiamos en la
tiniebla porque no podemos concebir que nadie saque a la luz lo que nos avergüenza para otra cosa que no sea el castigo y la condenación.

Que mi vida quede expuesta a la luz de Dios sin que esa luz me consuma y destruya.Impensable.Jesús reta a Nicodemo a desafiar la imagen impresa en la conciencia del pueblo de que el Mesías, el Enviado de Dios, trae la espada
vengadora en la mano. No envió Dios a su Hijo al mundo para condenarlo sino para salvarlo.

No puede Dios impedir que nosotros nos encerremos en la tiniebla prefiriéndola a la luz. Al hacer eso, somos nosotros los autores de
nuestra propia condenación.La invitación es a mirar el acercamiento de Dios en Jesús como la máxima y definitiva expresión del amor de Dios al mundo. Un amor que no tiene nada de ingenuo, Un amor que no se hace ilusiones ni cierra los ojos al potencial destructor del pecado. Un amor fuerte que puede permitir que el Hijo de Dios quede expuesto a nuestra capacidad de fabricar la cruz y de levantarlo sobre ella en señal de último rechazo y encerramiento.

Si Dios fue capaz de convertir a la serpiente, símbolo del pecado del origen, en instrumento de salvación para los mordidos de serpientes en el desierto, es también capaz de transformar la cruz, instrumento de suplicio y de muerte, en árbol de la vida.

El camino hacia la cruz y la resurrección en este tiempo de gracia está atravesado por el amor incomprensible del Padre. No envió a su Hijo para castigar. Lo envió para sanar,para levantarnos del polvo y de la muerte. Nadie ha tenido nunca tanto amor.


Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.