ComienzasemanasantaMarcos 14,1-15, 47


La entrada a la Semana Santa es el domingo de Ramos. Hoy es un día donde todas las iglesias reciben una cantidad extraordinaria de personas. Solamente la misa del 24 de diciembre en la noche compite en asistencia con este día de los ramos benditos.

La celebración de los ramos, en casi todos los lugares que conozco, participa del tumulto y la ambigüedad originales de la entrada de Jesús en Jerusalén. Serán pocos los sacerdotes y fieles de las comunidades que no suspiren con alivio al final de las ceremonias de bendición y distribución de los ramos. No siempre se logra superar los síntomas propios de "cola con escasez". Las iglesias no se salvan de la violencia que se genera en situaciones donde el ansia de llegar a los guanos benditos hace olvidar reglas elementales de orden, cortesía y decencia.
Lo anterior es la parte oscura de la ambigüedad.

La parte positiva está en la manifestación de anhelos hondos de Dios y del misterio que late por debajo de
las expresiones más tumultuosas. Una visión elitista o perfeccionista de la celebración de los Ramos llevaría probablemente a restringir la participación en esta ceremonia solamente a los "fieles ordinarios". Algo así como un
sistema de "soIapín" eclesial. Esto no eliminaría el empujón y la guapería —estos elementos de la cultura no quedan nunca completamente fuera de las comunidades— pero sin lugar a dudas disminuirían las posibilidades de bajas clericales.

Una visión pastoral más amplía asumiría todo el peso de la ambigüedad y celebraría con la misma lucidez que tuvo Jesús en los últimos días de su vida.

El evangelio de San Juan nos recuerda que Jesús nunca necesitó que nadie le informara lo que hay en el corazón humano. No se dejó impresionar Jesús por las cantidades y las muchedumbres que lo aplauden. Conocía demasiado bien lo poco duraderas que son las emociones de las masas.

Con la misma lucidez, la Iglesia podría aprovechar con santo oportunismo la gran afluencia de personas para una siembra evangélica modesta y pequeña. El anhelo profundo de Dios puede hacer crecer, al ritmo y tiempo de Dios, las pequeñas semillas que se siembran en el contacto con la comunidad creyente. No hay nada mágico en los guanos benditos, pero estos símbolos participan de la bendición de aquel que viene en nombre del Señor.


Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.