jesusresucitoJn 20, 1-9
La frase de María Magdalena a los discípulos puede describir con bastante exactitud la crisis espiritual que tantas veces nos afecta a los cristianos. La dureza de la vida nos lleva a menudo a dudar de la presencia y del apoyo de Jesús Resucitado.

Aunque la vida litúrgica de la Iglesia nos lleva a celebrar año tras año el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, el único Jesús con el que nosotros convivimos a cada momento es el Resucitado. (Si me perdonan un momento el paréntesis histórico:
en una comunidad que no identifico, una persona expresaba su desacuerdo con las imágenes de Jesús Crucificado, porque "Él ya superó esa etapa").

Jesús ha resucitado y la muerte ya no tiene poder sobre Él. Nosotros, sus seguidores, todavía tenemos que pelear con la injusticia, el sufrimiento, el pecado y la muerte.

Es verdad que ya podemos contar con la fuerza de la Resurrección, pero esa fuerza no nos protege ni nos exonera
del peso de llevar nuestras cruces.

En medio de la dificultad y el conflicto, los seguidores de Jesús perdemos de vista esta verdad central y consoladora de nuestra fe. Sentimos a Jesús como muerto.

Se nos pierde. No sabemos dónde lo han puesto, o, más exactamente, dónde lo hemos puesto.Queremos ponerlo donde Jesús no está. No está al margen de nuestras luchas. No se le encuentra en un oasis desprovisto de penas y trabajos, Tampoco está sepultado por el peso de la maldad y la agobiante asfixia de tanto desorden y tanta opresión. Cuando queremos buscarlo solamente en la gloria o solamente en nuestros sepulcros, nos encontramos
con la frustración de la Magdalena. "Se llevaron al Señor".

No somos solamente los cristianos los que tenemos problemas con la localización de Jesús. Muchos poderes de este mundo tampoco saben dónde poner a Jesús. La historia de la Iglesia cristiana está llena de intentos de poderes antagónicos para desaparecer a Jesús o para ponerlo en lugares donde no estorbe ni impida el triunfo de los proyectos anti-humanos de esos poderes. Un Jesús espiritualizado, convertido en aspirina o en opio, resulta muy conveniente para ideologías de signos muy contrarios. No cuestiona las economías neoliberales y resulta ser un útil chivo expiatorio para ideologías empeñadas en la negación de Dios.

La fe cristiana auténtica sí sabe dónde han puesto a Jesús: a nuestro lado, animando nuestras luchas por vivir cada vez más plenamente la esperanza de la Resurrección.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.