tercerdomingo de pascuaLC 24,35-48

Los relatos evangélicos de la Resurrección de Jesús no pretenden ser pruebas  aplastantes de la verdad del misterio. Una corte imparcial de ley descalificaría a los testigos como personas que están demasiado involucradas y afectadas por lo que reportan. Hay legítima sospecha, más aún, hay certeza de que son personas que tienen mucho interés en que sea verdad lo que dicen.

Estos relatos tienen otro objetivo. Los testigos nos cuentan lo que les ha pasado.

Nos invitan a entrar en la experiencia que ellos tuvieron. La comparten con nosotros para que nos atrevamos a hacer también la experiencia del encuentro con el Resucitado. No hay en los relatos ninguna pretensión de imparcialidad. Los testigos no se quedan fuera del misterio que nos presentan. Nos encontramos con testimonios que nacen de una fe ya comprometida. Sus autores hicieron opciones de vivir la vida a la luz de las enseñanzas y el ejemplo de aquel a quien llamaron "el camino, la verdad y la vida".

El ministerio pastoral de la Iglesia ha sido siempre tanto más fecundo y eficaz en la medida en que ha seguido el método de los testigos. Cuando la Iglesia ha transmitido textos y doctrinas sin referencia directa y vital a las experiencias que la letra trata de capturar, su palabra quizás pueda iluminar pero difícilmente encenderá en el corazón la llama del amor y del seguimiento.

Los pastores de la Iglesia —recordando que en ella todos participamos del ministerio pastoral de Jesús, cada persona según su vocación necesitamos contar lo que nos ha pasado en el camino. Solamente la experiencia personal y comunitaria le comunicará a nuestra palabra el peso y la capacidad de arrastrar y mover a las personas.

No vale argumentar que las experiencias son únicas, personales, irrepetibles. Es cierto eso, pero también lo es que la gracia de cada encuentro del Resucitado tiene una dimensión apostólica. Todo regalo y todo don, nos recuerda San Pablo, es para la edificación del Cuerpo de Jesús que es la Iglesia.

En última instancia, la fe de la comunidad descansa sobre los testimonios de los hermanos y hermanas que nos precedieron, que hicieron camino fiel siguiendo a Jesús y tuvieron el valor y el amor de contarnos lo que les pasó en el camino.

Escrito por: P. Alberto García Sánchez, S.J.